LA NOCHE MÁS HERMOSA

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Esta noche ha sido una de las más cortas del año. Hace nada estaba en el paseo intentando fotografiar el rayo verde en la playa  y ahora ya está amaneciendo junto a mi ventana. Una pena que la noche sea tan corta porque la luna me encanta. Casi sumergida en el mar, hacia el oeste, hay una luna que parece un sol.

Ayer por la tarde, mientras tomaba unas alhambras con A. y hablábamos sobre "gestación subrogada" (uno se reserva los temas ligeros para los buenos momentos), me dio por pensar en lo importante que se acaban haciendo en mi vida algunas personas que no forman parte de la familia natural ni extensa ni de las comidas entre penas de telediario. No sabes cómo ni porqué pero el simple temor de perderlas te llena de una congoja que no puedes expresar de forma clara porque en el fondo "para tí, no son nada". No sabes de su vida íntima porque tienen su vida privada. Es importante respetar estas facetas para que algunas personas un mal día te abran el alma. Lo que sabes de ellas, de su vida pública y mundana, es que son competentes en su trabajo y que están hechas de una pasta especial, de una madera bellamente veteada.
Y de pronto aparece la amenaza de que puedan irse para siempre, de forma inmerecida. Cuanto te enteras de que la vida va a poder con la muerte, te das cuenta de lo mucho que cabe en un yogur, en un trozo de kiwi y en una bata blanca robada. 
Me voy a la cama.


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FUTBOL CLUB BARCELONA B 0- CULTURAL Y DEPORTIVA LEONESA 2



Sin tí no soy nada, le dice Alex Gallar a Benja.


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La conocí ayer y ya la escucho de forma incesante, martilleante: ".....cause i need you, cause  you know i´d walk a thousand miles. If i could just see you, TONIGHT







LA PLAYA DE LAS LÁGRIMAS

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El día llegó entre lluvia y negros nubarrones. Con la mañana vino una tormenta tropical que se complicó hasta convertirse en un tifón de los que azotan los cayos de Florida en las pelis de Bogart y Huston. Costaba mantenerse en pie pero todo era excitante, muy genuino. Hacía mucho tiempo que no recordaba una torbellino así invadiendo mi despacho. Incluso me fabriqué con el iPhone un pequeño diario de este recorrido a bordo de un sillón por mi cuarto. Me gustan las notas que he tomado. Las leo y las releo para convencerme de que la voz que las dictaba era a mí a quien hablaba. Algún día espero  construirme un pijama con fragmentos de diarios o de orgullosas conversaciones. En realidad, estos diálogos de la mañana suelen empezar con el "tengo algo importante que decirte" y acaban con el "también fui sincero las otras mil veces" que fue lo que dejó escrito Manuel Rivas. Entre medias, cabe todo lo que llegue empujado por un formidable deseo de vivir.

Al caer la tarde, con el segundo café, me despedí de las leves columnas del escritor  Carlos Casares. Casares era un primor, un sensualista capaz de dar cuenta de lo cotidiano con la claridad que piden las vidas sencillas. Tardo en leer una columna suya lo que tardo en tomar un café. Da gusto. Parece hecho lo uno para lo otro. Y si la columna se estira  se alarga el café. O viceversa, que no pasa nada. Pero siempre acaban coincidiendo.




En la noche bien entrada ya no quedaba ni un alma en la playa. Bajé a pasear. En mi cabeza resonaban unas cuantas malas noticias, desoladoras, de las que ya llevo demasiadas este año. Me dí cuenta que estaba agotado, la cabeza me estallaba y  mis piernas eran como dos bloques de cemento. Caminaba por la arena. Me palpé el bolsillo para ver si tenía el móvil. Antes de bajar había llamado a R. que se ha ido a visitar a su familia. Pensé a quién podría llamar ahora. Mandé algún whatspp, escribí algún tuit. Luego hubo un momento de una angustia insondable. Me di cuenta de que estaba solo, absolutamente solo, en mitad de mi vida. Unos porque se habían ido, otros me habían abandonado y otros porque ya no hay lazos afectivos que nos aten juntos a nada respetable. El caso es que, constatada mi soledad, trabajada y ganada a pulso, me entró un extraño bienestar en medio de la llorera. Lloré como lloró mi querido Juan Tallón tras perder la segunda Champions. Puede que también llorase PORQUE lloró Tallón: las estrellas de cine crean tendencia. Me dejé caer en la arena, metí la cabeza entre las piernas. Estaba más aliviado. Saqué el móvil para contestar un sms y en ese momento ví como llegaba un tren que mandaba Maite D. G. y que acababa diciendo: "me encanta que vuelvas a escribir en los días de la playa". Tendría que escribir, no podía defraudar a quien tantas cosas me ha enseñado. Me levanté, me sacudí el pantalón, me limpié el lagrimeo seco y me volví para casa. Seguía estando solo pero a salvo.


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A nosotros, los solitarios, ELLAS nos salvan del horror (mi hermano pequeño Jordi Bernal, anoche en mitad de la batalla)


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El PERO: 












COMO AGUA DE MAYO

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Tardes interminables del mes de mayo. Tal vez, uno de las mejores reclamos para la vida que conozco. Recuerdo los atardeceres de mayo en Salamanca desde la Biblioteca de la Pontificia. El sol se desparramaba sobre la piedra arenisca de Villamayor y sobre los tejados de las casas bajas del Barrio Chino. Todavía corrían por allí pequeños riachuelos de agua sucia por las calles que soltaban destellos plateados al aire. El sol tardaba mucho tiempo en esconderse más allá del Tormes. El cielo era azul muy claro, limpio, velazqueño y casi siempre animado por la presencia,  boba y tópica, de los juegos de golondrinas y vencejos. 

El mismo sol que me alumbró hace muchos años en Salamanca estuvo en Salinas esta tarde jugando un rato en la playa. Aparecía y desaparecía. Y al final, unas cuantas nubes negras pudieron con él. Y llegó la tormenta. Empezaron a caer unos cuantos goterones y en un suspiro de Rulfo, de repente, el aguacero. Los perros se escondieron con los primeros truenos. Las madres recogían a los niños pequeños para ponerlos a cubiertos. Y los bañistas corrían con prisa saltando las olas. Este agua que llega  en mayo, violenta y cálida, es un jolgorio. Pura sensualidad. Los recuerdos más antiguos se te sueltan por todo el cerebro. El mar y el cielo son una gran paleta de colores, una gran pantalla sobre la que se despliega el espectáculo. El olor de la tierra mojada, el escalofrío de la lluvia en la piel desnuda, el sonido de las gotas contra los cristales y el sabor salitroso de una furtiva y emotiva lágrima que te cae desde el alma a una comisura de la boca. Son estos pequeños placeres de la vida, como decía Philippe Delerm, del primer trago de cerveza: es el único que merece la pena y empieza antes de que la cerveza llegue a la garganta.






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Han reeditado "Miedo a volar", el best seller de Erica Jong. La publicidad dice que se adelantó casi 40 años a "las sombras de Grey". Bueno, eso es mentira. El texto de Jong es muy superior a la piltrafa demibondage. Y además en "Miedo a volar", la protagonista es una acosadora de psiquiatras, aunque sea un poquito fóbica. Lo leí en 1980 y era un ejemplar robado. En aquella mi pubertad tardana me ponía más "Pantaleón y las visitadoras". De lo de Erica Jong, que cumplirá 75 años, no me enteré de casi nada.








LAS YEMAS DE LOS DEDOS DE LA MANO

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En El Cultural de EM de unas fechas atrás, Fernando Aramburu, autor de "Patria", dialoga con Fernando Savater. Savater cuenta su iniciación a la escritura. En eso coincide con Aramburu, con Neruda y con otros que supieron un día de su niñez que no podrían ser otra cosa que escritores. Pero Savater añade una descripción de ese tránsito que yo desconocía: "El gran salto de mi vida profesional fue la Remington que me regalaron mis padres. La acariciaba con dedos cautelosos y excitados, como después repasé con lúbrica veneración el sexo de las mujeres".  Mi perplejidad es oceánica ante dicho ejemplo. ¿Tendrá razón Woody Allen en que la más potente expresión del placer sexual arranca no desde la punta del glande, como cree la gleba, sino de las yemas de los dedos de las manos? Claro que Allen es un judío y se supone que circuncidado...





Esa lúbrica tea con la que Savater ha iluminado tantas páginas y tantas mentalidades no le ha servido para ser igual de brillante a la hora de dar cuenta del  dolor que siente tras la muerte de su Sara. Su duelo refractario a cualquier consuelo es de las etapas de su vida que peor relata. Lo siento. No consigo entenderle cuando habla de sus horas sin consuelo. Y es una pena.









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Antonio Orejudo habla en Radio Nacional de su última novela: "Los cinco y yo". Orejudo me parece un conversador loable. Parece que lleva toda la vida haciéndolo y que lo hace casi mejor que nadie. Pero en la larga entrevista deja caer algunas migajas que me arrollan a su paso y que merecen un detallado tallaje:  "La verdad del novelista es la verosimilitud", o "Hemos sido injustos con personalidades tan brillantes y rupturistas como Leopoldo María Panero", para acabar entregando al "espíritu del 15M" la solución de la crisis española. Orejudo reconoce que él y muchos profesores de Humanidades, en muchas universidades y en muchas facultades, pasaron demasiado discutiendo lo obvio durante muchos trienios. Y hemos acabado por pensar de ellos lo que de la política, que la actividad es muy necesaria pero los políticos, no tanto.




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"La mujer de la pulga" es un cuadro de Georges de Latour que me gusta un rato. Yo creo que no nos hemos fijado demasiado en él. Vamos tan deprisa por la vida... José Jiménez Lozano lo usó como portada de uno de sus diarios más personales. Por volver sobre los dedos de las manos....






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Decíamos ayer...


LOS MUERTOS DE AQUELLOS AÑOS

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Hoy, que es 11 de Marzo, toca recordar a los muertos del terrorismo. Yo no tengo ningún familiar cercano afectado por atentados de este tipo. Pero en mi adolescencia adquirí una cierta destreza en el tema al tener que contemplar con inusitada frecuencia cómo volvían a su tierra de origen para ser enterradas muchas víctimas de la barbarie etarra o del GRAPO, que también mataba. 23 leoneses entregaron su vida en esos 35 años que se cerraron en octubre de 2011.
Los muertos de mi tierra natal se encuadran dentro de los 150 muertos que Castilla-León puso en ataúdes por mor de la causa separatista vasca. Tal vez ello influya en que quienes crecimos en los años 80 en León o en cualquier provincia castellana tengamos una visión poco entusiasta de los nacionalismos. Durante aquellos años tuvimos que ver llorar a novias desoladas, a viudas embarazadas o llenas de niños pequeños, a madres desesperadas. Hubo también pobres padres ancianos, con las manos llenas de callos y con los cuerpos deformados por el trabajo del campo y la edad que se comían las lágrimas y no acertaban a decir ni una palabra cuando el jerarca de turno les hacía entrega de la ritual bandera española que había cubierto el féretro de su hijo durante el sepelio.

El primer muerto a manos del terrorismo en León fue Emeterio de la Puente, brigada de la Guardia Civil, de 59 años. Lo mató de un tiro en la nuca un mozalbete del GRAPO que nunca ha sido identificado. Al brigada De la Puente se le conocía en casa porque el pueblo donde vivía lo visitaba mi padre como médico. Le dispararon el 16 de Mayo de 1979 en el Barrio del Ejido, mientras paseaba. Murió un mes después en el hospital.




El 15 de Mayo de 1980, un año después, ETA mató en la cafetería Majusi de San Sebastián a tres policías nacionales mientras tomaban el café de la mañana. Uno de ellos era Dionisio Villadangos, de 24 años. También era conocido en casa por las mismas razones, porque mi padre había atendido a su familia en el pequeño pueblo de Castrillo de San Pelayo, en pleno Páramo, donde había nacido y donde fue enterrado la tarde de un sábado caluroso. 
La muerte de estos tres policías le ocupó al diario El País 31 líneas. Y al día siguiente no hubo, que yo sepa, noticia del funeral, que fue multitudinario. La noticia del ABC, un poco más amplia, ocupó la portada y es la que se ve en la foto de al lado.





Aquel día de 1980 la madre de Dionisio Villadangos, una campesina humilde guiada por una sensatez preclara, declaró a la prensa leonesa que “no era capaz de sentir odio pero que pedía por favor que aquella sangría se acabara". La pobre no sabía que mientras pronunciaba esas palabras ETA asesinaba a otros dos guardias civiles en Guipúzcoa y que tras de su hijo habría aún 700 muertos por la cosa de la "patria vasca". Las palabras de aquella mujer en 1980 sobre el cadáver caliente de su hijo asesinado por la espalda son mucho más generosas que las de quienes esta misma mañana del año 2017 desde el Ayuntamiento de San Sebastián han ordenador retirar las placas de recuerdo que el Colectivo de Víctimas del Terrorismo ha colocado sobre el lugar donde dejaron su sangre los asesinados por ETA en la capital donostiarra.


Un enxaneta llamado Sergio Ramos

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Al último gran clásico de 2016 lo programaron a un horario tal vez adecuado para los bares de Shangai pero poco afortunado para la hostelería española. Así y todo, nos echamos a la calle porque había que ir a por todas y porque cuando la vida se empina de poco vale quedarse recluido en casa entre el calor, el coñac y los amigos que te dan la razón hasta cuando toses. Por eso, por primera vez en la historia quedé con Pedro Pipanti y el gran Mercutio en La Cantina de la estación de trenes de Avilés. La Cantina es un lugar curioso y apreciable. Envuelta en ese tufo romántico y mitológico que desprenden ferrocarriles y amores en despedida, se ha convertido en uno de los lugares más entrañables del Avilés moderno. A ello contribuyen también un buen vermut de grifo, una variedad de cervezas estimable y sobre todo, unas cómodas sillas con mesas amplias donde poder hablar cara a cara, sin Whatsapp mediante.
Un Barsa-Madrid en estos tiempos del cólera merece una escenografía acorde. Eran las cuatro en punto de la tarde y en La Cantina ya no quedaba ni un alma que no mirase para alguna de las pantallas gigantes porque se intuía que este Barsa Madrid era partido grande.
El Madrid de Zidane es un equipo que va para gigante. Tras la estela de Zizou, se moldea un equipo educado, elegante y respetuoso con todas los rituales y efemérides locales. Este sábado el Madrid decidió homenajear a Eduardo Mendoza por su Premio Cervantes. Y escenificó El misterio de la cripta embrujada: “Habíamos salido a ganar; podíamos hacerlo…”. Pero en cuanto vimos que nada más empezar Benzema remataba de cabeza el hueso parietal de Cristiano Ronaldo y que Mascherano le hacía una llave de kárate a Lucas Vázquez y que allí no pasaba nada empezamos a sospechar que la victoria no sería fácil. El ambiente entre los espectadores se caldeaba con la estopa que repartía el Barsa y alguna zamorana de Jordi Alba. El recital de Luka Modric no tenía recompensa y el tiempo se nos iba entre las manos. Así, al trantran, llegamos al descanso. Tras 45 minutos de batalla casi todos los parroquianos menos uno concluían que Benzema sobraba. Estábamos jugando con diez contra el Barsa y en su casa.
Zidane tarda en hacer cambios y no gustó a la grada que se fueran Isco Y Kovacic antes que “el felino” ayer sin garras. Por suerte, el Barsa estaba con la empanada. Messi era irrelevante lejos del área, justo allí donde Valdano, el esteta, siempre le ha augurado una jubilación dorada. Pero en una jugada tonta, falló Varane, que no es el de hace un par de temporadas, y Suárez, el yorugua de gran arcada dentaria, clavó un cabezazo contra las mallas de Navas. Un escalofrío recorrió el local. Tocaba, otra vez, la remontada. Este Madrid de Zidane es un equipo moderno y antes que a la pasión se da a la fe en sus fuerzas y a la calma. Entre caña y caña de una extraña cerveza checa aguantamos media hora de marejada blaugrana donde pudo pasar de todo pero no pasó nada. Este Barsa camina hacia la irrelevancia.

El Madrid de Zidane es un equipo animoso y valiente. Y cuando el marsellés vio que la Razón ya escaseaba apeló a las emociones, a los latidos más ancestrales del alma. Y quitó a Caín Benzema y sacó a Mariano. Y cambió el panorama. Cristiano pasó a pelearse con dos y no contra cuatro defensas azulgranas. Pero el gol no llegaba. Mi fe, lo reconozco, flaqueaba. Hasta que en el minuto 89 llegó aquella falta. La parroquia contuvo el aliento. Se nos pararon los pulsos mientras alguien citaba Lisboa, Milán y otras noches mágicas. En cuanto Modric acarició con su guante de seda aquel balón hacia el área en La Cantina se cantó la “remuntada”. Antes de que el balón llegase a las mallas me giré gritando el gol con todo el alma. Y juro que ví a Sergio Ramos trepar sobre mis hombros, sobre los de Pipanti, los de  Mercutio y los de toda la hinchada. El Madrid de Zidane es un equipo que empatiza con las tradiciones regionales. Ayer tarde los chicos de Zidane hicieron un Castell  que coronó de certero cabezazo un enxaneta de Camas. Al poco, Clos Gómez nos mandó a casa. En La Cantina la gente se iba aliviada. No hemos ganado la Liga pero ayer recordamos lo que Joe Louis decía tras cada rival que mandaba a la lona: “ It is all is over”. O sea, “éste ya no se levanta”.