DON SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL (Hoy en La Nueva España)

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Hace un mes asistí en Madrid a un curso impartido por el profesor Diego Gracia sobre las luces y las sombras de la investigación científica en la actualidad. El profesor Gracia tiene la sana costumbre de acompañar sus apasionantes disertaciones con la recomendación de algún libro que trae de su extensa biblioteca. Ese día, una mañana de septiembre, luminosa y clara, mientras la luz de Madrid, la mejor luz de España, reinaba entre las ramas de los árboles anunciando el otoño, el profesor Diego Gracia sacó de su bolsillo un ejemplar del mejor texto que puede leer cualquier interesado en la investigación científica: "Los tónicos de la voluntad", un libro de Santiago Ramón y Cajal, publicado en 1923, justo cuando se jubiló como catedrático. "Los tónicos de la voluntad" es uno de los libros a los que un servidor recurre cuando quiere desparasitarse de simplezas, eslóganes, modas y pseudociencias.

Esta misma semana el diario "El país" y tal vez porque este año un científico español sonó con fuerza como candidato al premio, se hacía una pertinente pregunta : "¿Porqué España solo ha tenido dos premios Nobel (Cajal (1906) y Severo Ochoa (1959) en Ciencia?".
La principal respuesta que asoma en el artículo es bastante simple: las dificultades de los científicos españoles para publicar en los idiomas en los que se escribe la ciencia, básicamente en inglés. Hace mucho que esto ya no es así pero vamos a los hechos para refutar especulaciones.
Santiago Ramón y Cajal es, con Galileo, Newton, Darwin y Einstein, uno de los cinco científicos mundiales más importantes de todos los tiempos. Casi nada. Su obra, clave para el conocimiento del cerebro, es algo de lo que todos los españoles podemos y debemos sentirnos muy orgullosos. El problema es que sobre Santiago Ramón y Cajal se ha extendido desde hace tiempo un mantra bastante dañino: que la obra de Ramón y Cajal es un caso aislado de la llamada "genialidad española", que difícilmente volverá a repetirse y que los españoles estamos mejor dotados para las artes, para la literatura y para el fútbol o los toros que para la ciencias. Esto, con matices, es lo que circula por nuestro país cuando a alguien se le pregunta por la figura del genio aragonés y por la escasa relevancia mundial de nuestros científicos; mientras, fuera de España, a Cajal se le sigue citando a espuertas en las revistas de mayor impacto.
A este desafortunado sambenito se unen ciertos análisis del carácter psicológico de Cajal tan sesgados como falaces. Por no hablar de quienes cuando hablan de Ramón y Cajal en realidad están pensando en Adolfo Marsillach, que son muchos y valientes. La realidad, la fuerza de los hechos, es muy diferente. Santiago Ramón y Cajal no fue un caso aislado en nuestra historia. Al rebufo de su premio Nobel creció una brillante escuela neurohistológica de la que formaron parte, entre otros: Nicolás Achúcarro, Fernando Lorente de No, Pío del Río-Hortega (tal vez el discípulo más brillante, descubridor de la microglía), Fernando de Castro y José Francisco Tello. Los españoles deben saber que, al menos, Del Río-Hortega. Lorente de No y Fernando de Castro eran premios Nobel esperados por la comunidad científica mundial. Me temo, y es un temor compartido aunque aún no demostrado, que la envidia y el cainismo español les privó de la gloria en Estocolmo. De Castro y Tello fueron los responsables de proteger el Instituto Cajal durante los años de la Guerra Civil. Cuenta Carlos Castilla del Pino en sus memorias que la dedicación de ambos a esa tarea fue modélica y que en 1939, al final de la contienda, el Instituto Cajal reabrió sus puertas sin un cristal roto.
A la escuela neurohistológica ya reseñada hay que sumar la escuela neuropsiquiátrica de la que formaron parte Gonzalo Rodríguez Lafora, Luis Valenciano, Bartolomé Llopis, José Miguel Sacristán o Manuel Peraita, entre otros.
Todos ellos son los llamados "hijos científicos" de Cajal y suelen ser más conocidos fuera de nuestras fronteras que en España. El caso de Gonzalo Lafora, descubridor de una forma de epilepsia juvenil que lleva su nombre es, junto con Bartolomé Llopis, el más paradigmático. Lafora fue un científico mundialmente respetado y, de no haber sido por la Guerra Civil, su carrera hubiese llegado a lo más alto porque ya estaba en la cumbre cuando hubo de exiliarse. De Bartolomé Llopis, simplemente podemos decir que es el autor de la mayor aportación española a la psiquiatría mundial: su tesis de la "psicosis única" aún no ha sido superada y, aún hoy, la historia de la psiquiatría es la historia de la "psicosis única". Es otro ilustre desconocido que tirita bajo el polvo del olvido.
Ramón y Cajal consiguió esta pléyade de grandes investigadores gracias a dos brillantes iniciativas: primero, la puesta en marcha de la Junta de Ampliación de Estudios (JAE) que duró de 1906 a 1934, más o menos, y que trataba de que los jóvenes investigadores se formasen en los centros mundiales de mayor prestigio y que publicasen en inglés o en alemán, los idiomas más leídos entonces. El éxito de la JAE fue rotundo y está escrito en varios artículos y libros. El drama de nuestra Guerra Civil acabó con los frutos de tan brillante iniciativa aún no superada. El caso es con una buena financiación y una buena selección de los aspirantes como tuvo la JAE el mundo de la ciencia española conoció una época de esplendor en pocos años.
Por otra parte, Ramón y Cajal fundó en 1920 la que sería la más prestigiosa revista española sobre el tema, los "Archivos de Neurobiología", que puso en marcha junto con José Ortega y Gasset y Gonzalo R. Lafora. Casi nada?
Sirva esta breve selección fáctica para mostrar que la principal razón por la que España solo ha tenido dos premios Nobel en Ciencia poco tiene que ver con el desconocimiento de cierto idioma o con nuestro carácter quijotesco como con tanta gracia como sutil desprecio nos trasladan quienes todo lo ignoran. Si España no tiene científicos más relevantes es, básicamente, porque no invierte ni apoya a sus investigadores, porque no se invierte en Ciencia. Los hechos demuestran que en cuanto se invierte en este campo los españoles somos tan competentes como los mejores.
La infrafinanciación de la Ciencia en España esconde dos problemas que a pocos se escapan: hay otros campos, (ponga el lector los nombres) que se llevan ese dinero que debiera dedicarse a la investigación científica y también, por desgracia, que la falta de estímulo y el abandono en un campo de conocimiento permite el reinado de los mediocres, que no suelen estar dispuestos a irse.
Pero el respeto que le debemos a ese genio que fue Santiago Ramón y Cajal obliga a nuestros políticos y gestores a liquidar de una vez para siempre el unamuniano y desafortunado "¡Que inventen ellos!".

LA PLAYA ESTÁ CONTENTA

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La semana está siendo ajetreada, desasosegante. Octubre ha llegado cargado de vaivenes y emociones, con un sabor muy intenso, casi como el de un trozo de pan untado con una tapenade que te llega con una buena reserva de Ribera del Duero. Difícil resistirse a proposiciones tan indecentes aún sabiendo lo que cuesta luego detenerse.
Entre noticias malas y buenas uno se va sosteniendo. Porque casi siempre los buenos momentos superan a los malos ratos. Porque merece la pena luchar por la gente buena, en el sentido más clásico del término. Me gustaría saber qué actividad humana está exenta del peaje que impone el dolor a la alegría. Me gustaría saber qué actividad interpersonal no exige un mínimo de atrevimiento, de osadía para llevarla a cabo. No encuentro ninguna que merezca la pena.
Uno de los dilemas de esta época, aparte de la aceleración en todos los ámbitos de la vida, es olvidar, que más o menos digitalizados, todos los cambios sociales registrados no son sino variaciones de cualidades específicamente humanas. 
Pasarse horas en Facebook o en Twitter o colgando fotos en Instagram no es sino una flagrante demostración, en la mayor parte de los casos, de como la vanidad y lo efímero se van apropiando de nuestras vidas. O sea, los cambios crecen sobre lo más humano, sobre lo más específicamente humano. Hemos cambiado los instrumentos que construyen nuestros días, nuestras alegrías y nuestras penas. Pero nada más. En Cupertino aún no hay nada inventado que logre evitar como escribe Elvira Sastre que "la soledad sean esos dos ojos presuntamente amigos que te miran sin verte".  La vida sigue siendo humana. Fieramente humana. Pero veo a la playa contenta, entusiasmada, como lo estaba aquel personaje de Vickie el Vikingo que saltaba cuando Vickie se rascaba la nariz y tenía una idea salvadora. La piel se nos eriza y los lacrimales se humedecen cuando una noche de invierno alguien nos pide una noche de asilo. Y sin dudarlo le contestas: "Yo te daré lo que tengo". Por ejemplo. 




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El día ha amanecido cargado de bruma que poco a poco se ha ido disipando.  Ahora el sol desde un cielo fuertemente azul se estrella contra la espuma de las olas que asaltan la playa una y otra vez, incansables, interminables. La marea está alta. No hay gaviotas revoloteando lo que nos garantiza unos días sin lluvia. Sigo hipnotizado mirando el majestuoso espectáculo desde mi ventana. Comienzan a llegar los primeros corredores al paseo. Pronto no habrá quién camine ya de tanta gente como vendrá a pasar el día. El día feliz que está llegando.



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LA PLAYA Y LA VIDA

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Las redes sociales han hecho proliferar la difusión de memes con frases famosas, generalmente cargadas de amor o de buenas intenciones. De vez en cuando también aparecen las mejores frases de algunos escritores, creadores o pensadores. Hoy, vía Alianza Editorial, me ha llegado una de León Tolstoi que desconocía: "No hay que escribir sino en el momento en que cada vez que mojas la punta en la tinta, un jirón de carne queda en el tintero". Ya son demasiados creadores los que vinculan el dolor a la creatividad. Yo nunca lo he creído así. Más bien lo creo al contrario. Pero si lo dice un tipo con una vida tan dura como la de Tolstoi puede que haya algo de cierto. Y que por eso yo esté ahora escribiendo esto. 


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Lo difícil no es escribir esto. Lo difícil es escribirlo en 1966, cuando se fusilaba todo lo que no fuese psicoanálisis o marxismo. En el fondo, y pese a la fuerza de los hechos que han demostrado la falsedad acartonada de esas ideologías, estamos volviendo a aquello. 







HAN TANCAT LA VERITAT ( hoy en La Nueva España)

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Han tancat la veritat

Las Ramblas como escenario de una farsa excluyente y poco igualitaria

01.10.2017 | 04:38

El pasado día 18 de agosto, tras los atentados terroristas que costaron la vida a 15 personas, el periodista Enric González escribió en el diario "El Mundo" un artículo titulado "Han tancat la Rambla" que está ya entre los que más veces he releído porque me parece increíble que haya podido salir de una cabeza tan generosamente dotada. Los libros de Enric González me han enseñado a caminar por Nueva York, por Londres y por Roma. Sus crónicas de fútbol me hicieron admirar a tipos tan poco llamados al estrellato como ciertos héroes del calcio italiano. 
Las crónicas de Enric González como corresponsal en tantas partes del mundo han sido una referencia clave para entender como fue el último tramo del olvidado siglo XX y estos primeros años del siglo XXI. Y he admirado su postura siempre crítica antes las direcciones de los periódicos en los que ha trabajado. 
Pero "Han tancat la Rambla" no me vale. "Han tancat la Rambla" es un formidable desatino, un artículo inoportuno y muy desafortunado. 
"Han tancat la Rambla" toma el título de una canción que el cantautor Sisa estrenó en 1979 y que dice algo así como: "Han cerrado la Rambla, han echado a todo el mundo, han vaciado los árboles de pájaros y flores." 
Lo que Enric González cuenta envuelto en ese título, tan sentimentalmente acotado, es la inmensa tristeza que le produce ver destrozado y cerrado por el bárbaro atentado lo que él considera "el espacio más abierto del mundo". Ése es el final. Antes, González se ha pasado el artículo recordando y glosando a sus héroes de la Rambla, medio kilómetro sentimental que para González es paradigma de la vida y de la libertad. 
El artículo al que me refiero no me gusta por varias razones: la primera, ya reseñada, por su disonancia con el resto de la obra del autor, tal vez uno de los mejores periodistas españoles. En segundo lugar, no comprendo como alguien puede llegar a disociarse de tal manera para, con los cadáveres calientes, dedicarse a glosar la vida en las aceras antes que la sangre derramada. Que sí, que ya sé que al principio del artículo González prepara el escenario dándoles a la víctimas y a sus familiares ese láudano de respeto que se llama "silencio". Pero sigue sin valerme. 
Y ya, en tercer lugar, me resulta molesta la selecta agnosia visual de que hace gala el periodista González mientras pasea Rambla abajo, desde Canaletas. Y va recordando. Visita la coctelería Boadas, luego el café de la Ópera. Se encuentra con Ramón Cabau, el conocido y enamoradizo restaurador que en 1987 se suicidó "por amor" ante toda la concurrencia del Mercado de la Boquería ingiriendo una pastilla de cianuro. Cerca del Liceo le llega a González el sonido de la música del Gato Pérez pero se cruza con Félix Millet y pasa de largo, sin verle. 
Luego, Enric se desvía un poco para ir Casa Leopoldo, en busca de Manuel Vázquez Montalbán que se pasó la vida tallando la memoria sentimental de Barcelona hasta que un día parece que le dio algo y confundió a Jordi Pujol con Cataluña y lo dijo. Tampoco menciona Enric en su eslalon esa otra esquina de la Rambla donde en 1984, en pleno caso Banca Catalana, el pueblo catalán se dedicó a escupir al socialista Obiols y a vitorear a Jorge Pujol, de Nosaltres SL., dejando bien claro lo que le importaba la justicia y la responsabilidad social. También esto sucedió allí, en ese medio kilómetro sentimental. 
En el melancólico paseo de Enric por su Rambla tancada también he echado de menos a personajes como Enric Marco o al héroe local Joan Pujol, el espía Garbo, que ha pasado a la historia como el "salvador de la invasión de Normandía" sin que se haya podido demostrar nada con certeza en la vida del "hombre que engañó a Hitler", como reza la propaganda. 
También echo en falta cosas de la paridad cristiana, a las mujeres. ¿O acaso no paseaban por las Ramblas Teresa Serrat, la de las últimas tardes, y Monse, la de la oscura historia, iconos culturales del pijoprogresismo creados por Juan Marsé? 



Sobre Teresa Serrat, que ya debe de estar muy mayor, ha caído un jarro de agua fría con la biografía de Marsé titulada "Mientras llega la felicidad" que firma JM Cuenca. Ahí se cuenta que "Últimas tardes con Teresa" fue calificado en su momento por Vargas Llosa como "inverosímil folletín". ¿Tal vez por ello la frustrada historia de amor entre la acomodada Teresa y el charnego Pijoaparte se ha vendido tanto? ¿Comparte mecanismos narrativos con "40 Sombras de Grey" y con las novelas de Corín Tellado? No es amarga la verdad, lo que no tiene es remedio, cantaba Serrat, tan mediterráneo siempre... 
Los muertos del terrorismo son muertos muy difíciles de asumir. Hasta ahora lo eran por mor de ciertas ideologías que no diferencian entre víctimas y verdugos. Pero creo que es el primer artículo que leo donde los muertos son respetados por mor de la grandeza del escenario. Porque, ¿dónde está la diferencia entre ese medio kilómetro de Rambla y el Marais parisino arrasado en la noche del Bataclán o las Torres Gemelas neoyorquinas o la madrileña estación de Atocha? 
Si nos atenemos a lo puramente fáctico no es cierto que las Ramblas fuesen una representación de la libertad y el espacio más abierto del mundo. Esta frase con la que Enric González abrocha su artículo no es más que un lema para una buena boina catalana. No, querido Enric, no. Lo más importante del cierre de las Ramblas son los quince muertos tendidos en sus aceras. Además, en los últimos 25 años las Ramblas han sido casi todo lo contrario: el escenario de una inaudita e interminable farsa excluyente y poco igualitaria. 
Pronto veremos si es cierto que son un espacio abierto de libertad y tolerancia. De la Barcelona de Enric González yo me quedo con el Pijoaparte, la apuesta de Marsé contra el pijoprogresismo. Mi esperanza más sólida para el 1 de octubre y lo que venga es una figura literaria. 
Pura añoranza, busco el final de "Últimas tardes con Teresa": 
"Luis volvió a ponerle la mano en el hombro. 
-¿Qué piensas hacer ahora? 
-Ya veré. Adiós. 
Y dando media vuelta, con las manos en los bolsillos, el Pijoaparte salió de allí."

LA PLAYA DULCE

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Septiembre es el verdadero verano asturiano. Los días, ya más cortitos por los pies, son de una luz velada, a ratos añil, a ratos anaranjada, según sea la temperatura ambiental que no suele bajar de los veinte grados. Este año no hemos tenido grandes mareas y el paseo de la playa sigue en pie. Anoche me escribió una asturiana que vive en otra costa brava para decirme que le gusta la playa porque su padre fue farero. Y me acordé del farero de Alegranza, que escribió un bonito libro donde cuenta su vida en el precioso islote aledaño a Lanzarote en los años 60. Eso es un epopeya. 



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Ayer hablé con su hija. Y tuve la sensación de estar hablando con un sueño muy respetuoso y muy bien educado. Coincidimos en muchas cosas. ¡Qué no va decir una hija sobre la grandeza de su padre! Pero estoy totalmente convencido de que, afectividad aparte, tiene razón,  que su padre se adelantó a su tiempo al describir con sumo detalle y precisión "las vacilaciones de los hombres". Todo lo que encierran  esos sintagmas apenas ha sido analizado ni escrito por tanto novel listo como publica hoy día. No podrían. A la mayoría, el narcisismo bobo en el que viven se lo impide.  Es difícil darse cuenta de qué material tan endeble estamos hechos. Pero aún más difícil es mostrarlo a quienes no podrán ni querrán entenderlo. Hay que ser muy honrado con uno mismo para poder serlo con el mundo.



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Fabrizio de André escribió y cantó UN LOCO....
y yo tengo una camiseta pegada al pecho que dice esto:


Tu prova ad avere un mondo nel cuore 
e non riesci ad esprimerlo con le parole..... 
















LA PLAYA EN OTOÑO

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Hoy, tras un mes viajando en el tiempo y en el espacio, he vuelto a la playa. Ayer llovió toda la tarde. La playa quedó limpia, cristalina, repeinada, como una niña preparada para su primer día de colegio. Un mar tranquilo se volvió verde esmeralda bajo la blanca espuma de las olas. Es lo que tiene la cálida lluvia de septiembre que te invita a pasear mientras el agua te baña la cara. Y también vuelvo porque hoy es día 22 de Septiembre. Y uno no suele faltar a las citas importantes.


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Leo el blog de Espada, que es donde más se aprende de la vida y sus rincones.  Enlaza artículos sobre el adulterio, sobre el suicidio, sobre cómo acabar con el terrorismo, sobre el optimismo racional que a él tanto le gusta y a mí solo me divierte. Pero sobre todo porque Espada, que lleva leyendo Le Monde desde que tenía 14 años, al final me ha hecho caso: "siempre nos quedará París"titula. Y cuelga el artículo de Liberation, icono de la prensa de izquierdas,  sobre la charlotada catalana.  Yo diría más: ya solo nos queda París para añorarnos. 



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También vuelvo a la playa porque he descubierto a Elvira Sastre: "Incluso al otro lado existe el mar". 




PARTE DE UNA HISTORIA (Hoy en La Nueva España)

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Escribe la periodista Gabriela Bustelo que la revolución informática ha causado un abismo generacional tan importante que enfrenta a dos mundos tan distintos como pudieran serlo dos civilizaciones. De acuerdo con la escritora Bustelo. Me atrevo a añadir que la guerra generacional ya está finiquitada. Y como subraya Bustelo, el concepto de cultura ha cambiado. Pero sigo insistiendo. Lo que nos queda de estas guerras es una “inestabilidad crónica”. Y sobre todo, una dramática indefinición sobre el futuro próximo. Y que nada agota y restringe más la vida que la indefinición que nos habita.










Hace un par de años que el sociólogo francés David Le Breton, un imprescindible, publicó su “Desaparecer de sí mismo. Una tentación contemporánea”. Es uno de los ensayos más brillantes que he leído. Le Breton aborda uno de los temas más recurrentes en el diálogo social de ahora mismo: esa creciente tentación que verbalizan muchos ciudadanos de desaparecer para poder librarse de las obligaciones que conlleva la vida social que nos hemos dado.
Para el escritor francés en una sociedad en la que prevalece la flexibilidad, la urgencia, la velocidad, la competencia y la búsqueda irrenunciable de eficacia en todas nuestras acciones, el “ser uno mismo”, esa cualidad tan valorada hace unos pocos años no sirve para nada: este tiempo exige estar en
el mundo, estar relacionado constantemente con los demás, adaptarse a ciertos acontecimientos desagradables y sobre todo, asumir, hacerse cargo de todo lo que comporta su autonomía como ciudadano, lo que a muchos les resulta agotador. ¡Y sin posibilidad de escape! “La época actual, insiste Le Breton, obliga a estar movilizado, dar un sentido a la vida, basar las acciones en valores” y, a la vez, esforzarse constantemente en evitar el desasosiego.
En este contexto, el mandar el famoso “ser uno mismo” a tomar vientos, es una tentación muy sugerente. El individuo contemporáneo necesita cada vez más a menudo alejarse de los demás para liberarse de las exigencias que impone la comunicación social. O sea, colgar el cartel de “ausente”.  Según Le Breton, esta ausencia responde “a una sensación de saturación, a un exceso experimentado por el individuo”. A veces, la depresión, el burn out o el aislamiento voluntario traducen ese malestar ingobernable.
Le Breton enumera que ciertas “historias personales, una ruptura particular, una separación, un duelo, un despido, un hastío conducen a desprenderse poco a poco de sí mismo”. Le Breton describe cuatro formas radicales de desprendimiento de uno mismo: la vida impersonal, la indiferencia, la multiplicación y la desaparición.
Y va desgranando lentamente estas posibilidades, así como las representaciones con que afloran en las distintas etapas vitales: senectud, juventud, adolescencia, etc.
El libro es un lujo inagotable. Dudo que haya alguien que no se vea reflejado en alguna de sus páginas que obligan a volver sobre los pasos que vamos dando a diario, muchas veces de forma rutinaria, estereotipada, como los autómatas de Ridley Scott en “Blade Runner”. Y esto no siempre es fácil. No todo el mundo tiene igual de fácil ser “sujeto de derecho” y poder ejercerlo.





“Desaparecer de sí mismo, una tentación contemporánea”, el libro de David Le Breton, puede leerse a la vez que “Parte de una historia”, la última novela que Ignacio Aldecoa, el escritor vitoriano, publicó en 1967, un año antes de morirse con 44 años. “Parte de una historia” es tan desconocida como valiosa. Es una gran obra. Ignacio Aldecoa la escribió mientras pasaba una severa crisis personal, superado por las presiones que le exigía la vida cosmopolita madrileña. Para ello se aisló durante unas semanas en la pequeña isla canaria de La Graciosa, junto a Lanzarote. Y allí construyó esta maravillosa novela que da cuenta de la recurrente necesidad del hombre de abandonar las exigencias sociales por un tiempo si quiere resolver ciertas angustias que llegan en forma de severas y dolorosas vacilaciones personales. “Parte de una historia” es, probablemente, la primera historia de una desaparición de sí mismo escrita en castellano. En Francia, es posible que Georges Perec ya hubiese escrito al respecto. Pero nadie en España había ido tan lejos como llegó Aldecoa. Nadie se había abierto en canal como él lo hizo él mientras se contemplaba en el océano en los largos atardeceres canarios bajo el acantilado de cinabrio lanzaroteño que se ve desde La Graciosa. Allí, Aldecoa cuenta que pudo dar calma a su dolor y comprenderse distanciado de la imagen que tenía de sí mismo a miles de kilómetros. Y acalló sus temblores existenciales.
“La desaparición puede ser una solución al agotamiento que implica ser sí mismo y a la sensación de haberlo dado todo”, escribirá Le Breton en 2015.  
La tentación de desaparición de sí mismo aumenta porque es cada vez más difícil ser un individuo plenamente realizado. De hecho, liberada de las tradiciones y de las costumbres, cada persona se convierte en su propia dueña y solo debe rendir cuentas a sí misma.
A nadie se le escapa que lo que Le Breton cuenta no es nuevo y no es ninguna patología. La voluntad de desaparecer es ampliamente compartida, aunque tome diferentes formas, que van del cambio de vivienda o del cambio de empleo, al traslado a otro país, etc. Pero, como subraya el autor, en la mayoría de los casos, los individuos necesitan alejarse momentáneamente de los demás para descansar, recobrar fuerzas y volver fortalecidos a la vida social. Muchas veces, todo puede comenzar con la forma más fácil de desaparecer, que es yéndose de viaje. Pero parece que cada vez con más frecuencia de este viaje surge una instalación definitiva en otro lugar tras experimentar un renacimiento personal llamativo con la lejanía de los pesares cotidianos. Y que hay agencias de Internet expertas en organizar estas desapariciones rápidamente, eficazmente y sin dejar rastro alguno. Tiene razón Gabriela Bustelo cuando habla del choque de generaciones que ha generado la informatización del mundo. Pero habrá de explicar la autora porqué el protagonista de “Parte de una historia”, escrita en 1967, utiliza esa novela a modo de postal para decirle a su mundo madrileño: “He encontrado el paraíso. Nunca más vuelvo”.